10 sep. 2005

A pura timba. Noche de Casino


No va más

El frío de la noche penetra hasta los huesos y se siente la humedad que aflora por Delta del Paraná detrás del colosal casino de Tigre, una argamasa de castillo árabe y fortaleza española colonial del siglo XVII. En “Trilenium” profesionales del azar, turistas de ocasión, jóvenes, jubilados y señoras de su casa se someten, desde temprano, al traicionero destino de la suerte.

Sobre una superficie de veintidós mil metros cuadrados cubiertos, distribuidos en tres niveles, los salones del casino tienen mil ochocientas máquinas tragamonedas, setenta y dos mesas de juego, múltiples barras y una amplia variedad gastronómica.

Los lugares para comer son el “Rincón Andaluz”, el “Restaurant & Wine Bar” especializado en cocina internacional y mediterránea y el “Buffet Trilenium” tenedor libre con escolaso que, con la promoción “llevá tu suerte a la mesa”, te invita a girar una gran rueda antes de ingresar donde todos los casilleros tienen premio, desde un brindis con champagne hasta cenas gratis.

Adentro el tiempo no transcurre, sin ventanas resulta difícil distinguir si es día o de noche, existe otra dimensión. En el salón de las tragamonedas de primera planta, predomina el aislamiento y más de la mitad de los jugadores son mujeres. Se acerca una señorita de ropa ajustada arrastrando un carro para facilitarle cambio en monedas a una señora mayor mientras le informa que la máquina también es “tragabilletes” pero la anciana le explica que es jubilada y que no puede gastar tanto y cambia la mitad de sus 10 pesos.

En el tercer nivel, un cordel en las mesas de juego divide a los que ganan un sueldo del casino y a los que lo pierden en él. El pagador de la ruleta admite que la tensión del juego llega a arruinar a los apostadores. “Hay muchos croupiers que se trastornan anímicamente debido a la influencia de los apostadores. Ninguno es tan indiferente como para no contagiarse la excitación de un tipo que se está jugando una fortuna o un sueldo”, se sinceró el de la banca.

Una mujer joven, de aspecto intelectual tiene el tic de acomodarse los anteojos luego de apostar sus chirolas y decide arriesgar la reserva de fichas que se guardó en la cartera. Un poco más allá, en la mesa de black jack, otra mujer de cabello castaño con una remera negra escotada, que exhibe sus abultados pechos bronceados, quita cautelosamente una ficha cada vez que su compañero gana la jugada y también las atesorara, pero no en su cartera.

“Hay dos formas de jugar: una, apostar fuerte cada tanto y saber retirarse a tiempo. La otra, arriesgar poco todos los días y también, irse en el momento justo. Mi pibe arriesgó doscientos pesos y ganó setecientos. Entonces, se tiene que retirar con los quinientos de diferencia”, contó Ricardo. De todas maneras, mientras papá daba la explicación sobre cómo ser un buen jugardor, junior ya se había jugado en el paño de la ruleta rusa el bonus más la reserva.

Tal vez, el casino sea como antaño fue el Cafetín de Buenos Aires, “una escuela de todas las cosas", donde se aprende "filosofía, dados y timba", dice el tango de Enrique Santos Discépolo. Amas de casa, pequeños burgueses, obreros, comerciantes, estudiantes y jubilados que apuestan, pierden quizás más de lo que deben o pueden.

Todo gira afuera y adentro, las escaleras mecánicas y las luces del cartel de bienvenida. Mientras las tinieblas del Delta descienden, se alza otro amanecer ¡No va más!


Texto: Natalia Vázquez

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