13 sep. 2013

La Autoestima


LA AUTOESTIMA // Por Natalia Yanina Vázquez //


¿Cuánto nos valoramos? ¿Cuánto de lo que yo deseo hacer cumplo a diario? ¿Y cuánto hago para complacer a los demás? Cómo crecer a partir de nuestros errores, nuestros deseos y cómo saber si soy exitoso

 El canchero, el felpudo, el narcisista, el exitoso, el miedoso, el valiente o el cobarde. Todos estos adjetivos se relacionan con la autoestima o el “autoconcepto” que cada persona construye desde niño, luego de adolescente, transita en la vida adulta y cosecha en la vejez. La influencia de los padres y el entorno social juegan un rol tan fundamental como así también, el conocimiento de nuestro deseo interior.

Autoestima y auto-concepto

El escritor, psicólogo, sexólogo clínico, teólogo y Pastor General bautista del “Ministerio Presencia de Dios”, en el barrio de Caballito, Bernardo Stamateas es un referente obligado a la hora de hablar de liderazgo y superación personal. Por eso Convivimos lo consultó para dialogar sobre el significado del concepto de la “Autoestima” en nuestra vida.
            Él dice que primero hay que hacer una distinción entre dos términos ligados pero distintos: la “Autoestima” y el “Autoconcepto”. Según Stamateas, “la Autoestima es la emoción, la “emocionalidad”,  cómo me siento con respecto a mí mismo. El Autoconcepto es cómo nos vemos y pensamos a nivel cuerpo, a nivel capacidades, qué cosas podemos hacer y qué no, lo formamos y construimos desde los primeros años y su repercusión emocional sería el lugar donde se encuentra la autoestima”.
            Entonces, cabe preguntarse ¿Cuán responsables son los papás de la autoestima de sus hijos? Stamateas explica que los padres juegan un papel fundamental en la construcción de esos dos conceptos, porque se van formando de acuerdo a la mirada y a la devolución que ellos les dan a sus hijos. - “¿Cómo es esa mirada, cómo es esa devolución? Si se descalifica, insulta, agrede y se dicen frases tales como: -“¿Qué tenés en la cabeza?” O “siempre haces las cosas mal”-, obviamente que el chico va a crecer con  una mirada descalificadora. Entonces, la manera en que los papás marcan los límites es fundamental para la construcción de la autoestima”, asegura el psicólogo.
            “La autoestima es la evaluación que hacemos de nosotros mismos, incluidos nuestros pensamientos, conductas y sentimientos. Refleja el juicio que cada uno hace de su propia  habilidad para enfrentar los desafíos de la vida, superar problemas y conflictos y el derecho de ser feliz respetando y defendiendo nuestros intereses y nuestras necesidades. Esto depende también del ambiente familiar, social y educativo en el que estemos y de los estímulos que hemos recibido”, define la licenciada en psicología Claudia Erlich, miembro de Hémera, Centro de estudios del estrés y la ansiedad (www.hemera.com.ar)
            Además, la licenciada Erlich explica que la confianza en uno mismo es indispensable para la autoestima porque es la creencia en la propia capacidad para llevar a cabo una tarea. “Esta confianza se va adquiriendo a través de las experiencias cruciales de la vida, del conocimiento, y del intercambio con los otros. Siempre hay algo que queremos lograr y no hemos conseguido por falta de confianza, por timidez o vergüenza, pero si toleramos cierta frustración, cierto margen de error, lo intentaremos nuevamente”, asegura la psicóloga.
 
La autoestima adolescente y la mirada social

Durante la adolescencia, aparece la mirada social y ese es un elemento importante en la autoestima adolescente, resalta el escritor de “Heridas emocionales”, “Pasiones Tóxicas” y “Fracasos Exitosos”, entre otros Best-seller. “Es el momento en que esa persona descubre que no solo mira a los demás sino también, que es mirada”.
Por ejemplo: El fanfarrón tiene una baja estima, porque está atado a la mirada del otro y tiene que exagerar sus logros. La persona de falsa humildad que dice: `Yo  no pido nada o no sirvo para nada´, también tiene una autoestima inmadura, porque  está esperando que el otro le diga: ` ¡Che qué grande que sos! ó ¡Sos bárbaro!´ Entonces, la mirada del otro tiene que servir para ubicarnos pero nunca para depender. La mirada interna es la que cuenta. Ahora, eso no quiere decir no considerar al otro, por lo menos al `otro significativo´, porque aquél que no escucha es un narcisista”, ejemplifica Stamateas.
“Esa mirada-juicio sobre uno mismo es vital. Cuando es positiva, permite actuar con aplomo, sentirse a gusto consigo mismo, enfrentar las dificultades. Cuando es negativa, engendra sufrimientos y molestias que afectan la vida cotidiana”, sostiene Luis Hornstein, psicoanalista y presidente de la Fundación para el Estudio de la Depresión. Y agrega: “La autoestima es sentirnos competentes para enfrentarnos a los desafíos y creernos merecedores de recompensa. Contiene varios aspectos: confianza en nuestra capacidad de pensar y tomar decisiones adecuadas, y convicción en nuestro derecho a ser reconocidos por los demás y por nosotros mismos. La autoestima facilita la acción: la acción alienta, modela y construye la autoestima. Junto a las relaciones afectivas y a los proyectos es uno de los grandes nutrientes”.
Los niveles de autoestima no permanecen siempre iguales, sino que sufren fluctuaciones ligadas a los estados psicológicos, y a las circunstancias de la vida. “Una buena autoestima nos permite hacer frente a las situaciones de nuestra vida personal o laboral, y nos ayuda a recuperarnos de nuestras caídas con mayor rapidez. Por el contrario, un déficit de autoestima nos lleva a buscar amparo en lo que ya conocemos y nos resulta fácil. Se elige permanecer en el mismo lugar, donde no se es feliz, pero se está cómodo”, puntualiza la licenciada en Psicología Claudia Erlich.
            ¿Cuál sería la mejor definición de la autoestima, entonces y qué se debe tener presente? Según Bernardo Stamateas deberíamos “reconocer que hacemos algunas cosas bien, algunas cosas más  o menos y algunas cosas mal” y describe que la persona que sólo ve aquello que hace bien se llama narcisista, porque es “yo” y nada más que “yo”, es decir sólo se puede conectar con lo que hace bien y no con lo que hace mas o menos o hace mal.
Y continúa: “En el otro extremo está el `felpudo´, el que dice: - Yo soy un desastre, hago todo mal- y que no puede ver qué las cosas que hace bien y qué cosas hace más o menos. Entonces, cuando uno acepta las tres premisas tiene una buena estima. Por ejemplo: Si un soldado que está en la trinchera sólo reconoce que tiene miedo, va a huir. Si sólo reconoce que tiene valor, va a ir al frente y lo van a reventar. Y si reconoce que tiene valor y miedo, las dos cosas, se queda en la trinchera peleando hasta que lo arresten o termine la batalla”, ilustra el psicólogo y pastor.

Reconocer debilidades, corregir errores y copiar virtudes

Detectar estos conceptos –debilidades, errores y virtudes-, en nuestras acciones diarias, estaría íntimamente ligado a nuestra inteligencia emocional. Según Stamateas, uno puede tener una buena estima en un área y no necesariamente en otra: “Una persona con buena autoestima reconoce sus debilidades, corrige sus errores y copia las virtudes; porque mira para adentro y tiene buena autocrítica; aprende del error y, también, reconoce las virtudes del otro para imitarlas”.
Lo ideal es “diversificar” las fuentes o “afluentes” de la autoestima, “porque si se sostiene en una sola -en las mujeres es más habitual centrar la autovaloración en lo afectivo y en los hombres, en lo laboral-, cualquier pérdida en uno de estos ámbitos puede desembocar en una verdadera catástrofe narcisista”, analiza Hornstein.

El éxito y la fama

En principio, el éxito y la fama son dos conceptos distintos.  Se puede tener éxito y fama, se puede tener sólo éxito o sólo fama. “Cuando vos te conectas con tu propio deseo, con tu propia meta, con lo que vos querés, tenés éxito. En cambio, la fama es la mirada social, es decir cómo te ven los demás, cuando cumplís el deseo de ellos” –distingue Stamateas y ejemplifica- “Si vos sos un científico y te gusta investigar, tenés éxito porque estás haciendo lo que te da satisfacción, a pesar de que nadie te conozca. Es decir, que tenés éxito pero no tenés fama porque, en cierta manera, no existe la mirada social”.
“En cambio –continua Stamateas- si sos un científico que escribe un libro y gracias a esa publicación te das a conocer y ganas el Premio Nobel, tenés éxito y fama,  porque logras reconocimiento social, la fama, y éxito porque cumpliste tu propio deseo. El caso típico del pibe que estudió abogacía porque los papás le dijeron toda la vida que debía ser abogado, como lo fueron los otros miembros de su familia, es famoso y es reconocido a nivel social pero no tiene éxito, porque no conectó con su deseo interior”.
Tener un buen conocimiento de uno mismo, por ejemplo: qué nos gusta y qué no, qué estamos dispuestos a negociar y hasta dónde llegaremos para lograr nuestras metas, ayuda a proveernos de consistencia interna, algo que nos aporta una sensación de confianza en nuestra individualidad. “El desafío es en todo caso, lograr la mejor versión de uno mismo”, asegura María Gabriela Fernández, psicóloga de Hémera.


Para el adolescente

Es importante aprender a “historizar”, es decir qué enseñanzas recibo hoy, de los errores que cometí ayer y, hacer un “puente” entre el pasado y el presente pero a la vez, pensar en el mañana. “Los errores son una fuente de aprendizaje, puedo aprender del error y transformarlo en un puente de crecimiento". Fuente: Bernardo Stamateas.

 Modelado de la autoestima

Los niños aprenden a valorarse a sí mismos mediante el ejemplo de sus padres. El modelar la autoestima significa valorarse a uno mismo lo suficiente como para atender a las propias necesidades básicas. Cuando la persona se pone en último lugar, cuando se sacrifica crónicamente por sus hijos, les enseña que una persona sólo es valiosa si está al servicio de los demás.
Fuente: “Autoestima Evaluación y Mejora” de Matthew McKay y Patrick Fanning.

Consejos que mejoran la Autoestima
  • Dejar de tener pensamientos negativos sobre uno mismo. 
  •  Ponerse como objetivo el logro, en vez de la perfección.
  • Considerar los errores como oportunidades de aprendizaje. 
  • Fijarse metas. 
  • Sentirse orgulloso de las propias opiniones e ideas. No tengas miedo de expresarlas.
  • Colaborar en una labor social.
  • Hacer ejercicio. Mitiga el estrés y estarás más sano y más feliz.
  • Pasarla bien.  Disfruta tu tiempo con personas que te importan y haciendo cosas que te gustan. No dejes tu vida en suspenso.



Redacción: Natalia Yanina Vázquez - 2013

2 sep. 2013

LA VIDA CON HERMANOS: Los Celos, la Fraternidad



“Es como un hermano” se suele decir cuando se hace referencia a un amigo muy querido ¿Cómo es ese vínculo tan especial? Como se mezclan los sentimientos de fraternidad, rivalidad, celos y lealtad entre los hermanos.


Al nacer un hermano comienza el largo aprendizaje de compartir la vida con un par, con otro semejante pero al mismo tiempo diferente. Alguien con quien se comparte la misma generación, con sus usos y costumbres.  Comienza una relación de fraternidad: “Sufro mucho cuando ella sufre y, a veces, quisiera estar en su piel para que ella no tenga que pasar por momentos feos”.  De rivalidad: “Mica y Joaco prácticamente se criaron juntos, se llevan solo dos años, el tema fue cuando nació el tercero”. Y de lealtad: “Desde que sola tuve que hacerme cargo del cuidado de nuestra mamá, con mi hermano no nos hablamos más”.
Según Matías Muñoz psicólogo clínico y profesor en la Universidad Católica Argentina (UCA), el vínculo entre dos o más hermanos se verá influenciado por los aconteceres de la vida familiar y por las actitudes que los padres tengan con sus hijos.
En este sentido, explica Muñoz al ser consultado por Convivimos, los padres con sus palabras y decisiones pueden “favorecer” u “obstaculizar” la relación entre los hermanos. Esa unión fraternal implica una fuerte mezcla de sentimientos, una tensión que dinamiza ese vínculo e incluye, por un lado, fuertes sentimientos de “lealtad fraterna” y, por otro, cierta cuota de “rivalidad” y de “competencia”. “Una relación sana supone la connivencia de ambas emociones”, enfatiza el psicólogo.
Según el licenciado Muñoz entre los hermanos existe una fraternidad que acerca, une y genera compañerismo, sin ser simbiótica y, además, una competencia, no violenta, que surge como una necesaria búsqueda de mantener las diferencias individuales.
La fraternidad
“Hay momentos de complicidad en los cuales necesito inevitablemente poder contar con mi hermana” –cuenta Julieta Fernández de 34 años- “Cuando me enteré que estaba embarazada de mi tercer bebé a la primera persona que se lo confié fue a mi hermana Nora”. Esa es una de las experiencias que me aferran y me unen a ella porque me demuestra que siempre está dispuesta a escucharme y apoyarme”.
Julieta es abogada pero decidió no ejercer su profesión por ahora para dedicarse tiempo completo, en su casa,  a criar a sus 3 hijos Micaela (9) Joaquín (7) y Bautista (1) y si bien siempre fue “la hermanita” por ser la menor cuenta que muchas veces se siente como una madre con respecto a su hermana mayor, porque sufre mucho cuando ella pasa por momentos feos y manifiesta que “quisiera estar en su piel” para cargar, en ciertas ocasiones, generalmente amorosas, con las angustias de su hermana.
Con respecto a esta necesidad de protección que existe entre los hermanos el psicólogo Muñoz explica que se relaciona con un sentimiento de “lealtad” producto de una historia en común, un espacio compartido y un afecto especial que se va profundizando con el devenir de la historia familiar. Entonces, entre los hermanos se percibe un fuerte nivel de compromiso, de protección y cuidado ante momentos de adversidad.
Nora Fernández, la hermana de Julieta tiene 37 años es diseñadora gráfica y trabaja en una empresa de la industria energética. Ella es soltera pero hace poco que vive en pareja y confiesa que su hermana es un ejemplo de maternidad, de profesionalismo y de lealtad. “No conozco ser, más leal hacia mí, que mi hermana. Siempre está a mi lado y me dice de frente y sin vueltas lo que ciertas personas dicen a mis espaldas”, cuenta Nora.
Y si bien ella aprecia mucho los consejos y el pensamiento de Julieta sobre sus asuntos personales, Nora confiesa que en ocasiones estas opiniones provocan discusiones y peleas entre ellas y que, como consecuencia, pasan varios días sin hablarse pero que finalmente se vuelven a “amigar” o “hermanar” porque la relación entre ellas es “intocable” según Nora: “Nada, ni nadie, las va a separar”.
El sentimiento de unidad
El licenciado Muñoz explica que a partir de la infancia y, en la adolescencia, se entretejen experiencias compartidas que van construyendo este vínculo profundo, intenso y complejo. En la infancia los juegos en común fraternizan y, yendo más particularmente a la adolescencia, cuando comienzan los cuestionamientos y enfrentamientos fuertes con los padres, el vínculo fraterno está resguardado de esa rebeldía, porque no se vivencia a los hermanos como figuras de autoridad.
Entonces, de adolescentes existe una mayor cercanía y cuando la diferencia de edad es poca se comparte el mismo grupo de amigos y surgen conversaciones a puertas cerradas que demuestran esa intimidad fraterna. Por el contrario, cuando es amplia la diferencia de edad, un hermano adolescente descubre la posibilidad de cuidar a sus hermanos menores manifestando aspectos protectores que desconocía tener.
En este sentido, Muñoz detalla que cada hijo irá eligiendo con cuáles de sus hermanos conversar y con cuáles mantener acuerdos tácitos de convivencia. La adolescencia y previamente la infancia son las etapas en las que los padres pueden “mostrar y enseñar la riqueza de la conversación como herramienta” para lograr acercamientos y para resolver conflictos.
Como en toda relación, el diálogo profundiza el vínculo; cuando se construye el camino a través de la palabra se expanden las posibilidades relacionales y los hermanos se van descubriendo mutuamente en su singularidad, según el psicólogo.
La rivalidad y los celos
Tanto en la infancia como en la adolescencia surge entre los hermanos la rivalidad. Las innumerables peleas cotidianas que muchas veces preocupan a los padres y quienes suelen preguntarse si es bueno intervenir o si es preferible dejar que se “arreglen solos”.
En una pelea cada hermano defenderá su postura para fortalecerse y para diferenciarse del otro. Las situaciones de rivalidad son oportunidades que se pueden aprovechar como experiencias de aprendizaje. Entonces, el licenciado Muñoz aconseja demostrar el valor del diálogo para expresar la postura personal y como vía para llegar a ciertos acuerdos.
En este sentido, la licenciada Marisa Russomando Psicóloga especialista en Maternidad y Crianza consultada por Convivimos explica que la calidad de la relación que los padres establecen en particular con cada hijo influye en la modalidad de interacción que mantienen los hermanos entre sí También, la profesional describe que ciertas incidencias de los padres generan celos, rivalidad y hasta hostilidad ante el uso de “favoritismo” hacia alguno de los hijos.
Por ello, Russomando indica que es importante “favorecer vínculos sanos y amorosos”. Los celos son inherentes a las emociones normales del ser humano mientras guarden una medida acorde a lo saludable. Según la psicóloga como existe la fantasía de ser único surgen las peleas y las agresiones debido a la disputa por el amor de sus padres, por el lugar central de su atención.
Esa necesidad de atención la manifestó Joaquín cuando empezó a pasarse todas las noches a la cama de sus papás durante el embarazo de Julieta y “aún hoy lo sigue haciendo”, confiesa su mamá y recuerda también que  Micaela, su hija mayor, estuvo con muchos vómitos el día del nacimiento de Bautista y sin querer alejarse de ella cuando estaba internada en la clínica.
            La fragilidad del vínculo
Ese vínculo fuerte entre hermanos puede también romperse frente a ciertas responsabilidades o sucesos familiares. Por ejemplo Graciela Blanco de 63 años manifiesta que la indiferencia de su hermano mayor Carlos, con respecto a la salud de su mamá, terminó con la relación entre ellos.
“Cuando decidí traer a mi mamá a vivir conmigo, porque mi hermano vendió el departamento donde ella vivía, nos dejamos de tratar –recuerda Graciela- y, desde entonces, él nunca asumió como su responsabilidad asistir a nuestra madre, tanto afectiva como económicamente. Hoy, a sus casi 96 años, ni él ni sus hijas la visitan”, juzga Graciela.
En este caso particular o en otros casos como en los conflictos entre hermanos, que surgen luego del fallecimiento de los padres, frente a las herencias, el licenciado Muñoz explica que el valor de la lealtad juega un papel muy importante, es un sentimiento muy fuerte de unión entre los miembros de un grupo por adherencia a los valores familiares que los padres les han transmitido.
“Ese sentimiento es muy poderoso –amplía Muñoz- y hay situaciones como la de Graciela en la que uno de los hijos siente que otro hermano esta siendo desleal a los mandatos de la familia y eso genera rupturas. Como además de fraterno ese vínculo es de rivalidad y de lucha por el amor de los padres, el más leal a los valores parentales sentirá que tiene más aceptación o es más querido por ellos, aunque los hijos sean adultos mayores”.
Como ocurre en conflictos de herencias, luego del fallecimiento de los progenitores, uno de los hijos será el portavoz de los deseos de los padres antes de morir y los defenderá a ultranza frente a los hermanos que querrán otra cosa. “Entonces esa ambivalencia de fraternidad y competencia se mantiene toda la vida”, explica Muñoz.
Es necesario recordar que, si bien los hermanos vienen del mismo vientre, los padres deben valorar y reconocer sus diferencias, comprender a sus hijos como personas individuales para que ellos se sientan valorados como seres únicos e irrepetibles; personas con identidad propia que no necesitan copiar al otro para ser aceptados.

¿QUÉ HACER PARA FAVORECER LAS RELACIONES FRATERNAS ENTRE HERMANOS?
• Fomentar los momentos de juego en común y experiencias de solidaridad mutua, en la infancia y que aprendan a pedirse ayuda en situaciones de la vida diaria.
• Favorecer la expresión de las emociones entre los hermanos.
• Educar en la empatía y ayudarlos a que puedan ponerse en el lugar del otro para intentar comprender sus emociones, estados de ánimo y formas de pensar.
• Intervenir en algunas peleas para ayudarlos a dialogar. Mostrarles la riqueza de la conversación, como forma de llegar a acuerdos respetando las diferencias.
• Evitar responsabilizar siempre al mismo hijo como causante de los conflictos.
• Reconocer explícitamente las distintas fortalezas de todos los hermanos y evitar las comparaciones.
• Relatar experiencias personales con los propios hermanos en los que se transmita la fraternidad como un valor y como una red de sostén.
• Conversar con el hijo mayor, en caso que intuyamos haberlo involucrado en las tareas de educación de sus hermanos menores para constatar si fue esto un peso para él.
Lic. Matías Muñoz Psicólogo clínico Profesor universitario (UCA)


¿Cómo equilibrar los celos de los hijos?

·         Brindar la seguridad del amor para cada niño.
·         Ofrecer momentos de atención exclusiva para cada niño.
·         Evitar comparaciones.
·         Destacar lo bueno de cada uno.
·         Festejar los logros de cada uno.

La llegada de un nuevo hermanito

·         Transmitir la noticia como una buena nueva.
·         Contar lo que vendrá en lo inmediato.
·         Relatar cómo fue su propia llegada: cómo lo esperaron, cómo fue su nacimiento y compartir fotos que recuerden cada uno de esos momentos.
·         Recalcar que nada del amor de sus padres cambiará hacia él.

Nota publicada originalmente en Revista Convivimos - Por Natalia Yanina Vázquez

El respeto y la autoridad de los padres

Por Natalia Yanina Vázquez



Cómo consensuar la convivencia entre padres e hijos. La crianza y la educación que se brinda y se aprende con los niños. Los límites y la autoridad que contempla el rol de padres. El respeto no implica obediencia ni temor. La importancia del diálogo.

¿Qué pasa con la autoridad en casa? ¿Por qué los padres sienten culpa cuando retan a sus hijos? ¿Por qué es importante acordar y aplicar límites? Los chicos de hoy desobedecen a sus padres, lloran, hacen berrinches y caprichos. Cada vez es más difícil contenerlos ¿Cómo lograr que los hijos “hagan caso” y demuestren actitudes positivas, colaborativas y saludables para hacer más fácil la convivencia?
           
Franco de 12 años y Nicolás de 8, van de lunes a viernes a doble escolaridad porque su papá, Javier Massimino, y su esposa trabajan ambos todo el día fuera de sucasa. Ni bien llegan del colegio,los chicos meriendan, hacen la tarea con ayuda, si la necesitan. Luego juegan, se bañan, se reúnen a comer todos juntos y después, con gran insistencia, les ordenan acostarse temprano. Javier considera que sus hijos son “bastante dóciles”, aunque confiesa que, en la convivencia, no les resulta fácil exigirles que sean ordenados “por ser varones”.
Los chicos no son los de antes
La sociedad cambia continuamente y las familias no son una excepción debido, en parte, al deslumbrante avance tecnológico, la expansión de los medios de comunicación y la sobre exposición de información que tienen los hijos y, también los padres.En este sentido el licenciado Alexander Covalschi, Director de la Asociación Psicología Abierta (www.psicologiaabierta.com) reflexiona que los padres y los niños de antes tenían cierto pensamiento transmitido mayormente por la cultura y la tradición familiar, además no corría demasiada información para contrastar o cuestionar los saberes cotidianos.
Entonces, dada esta multiplicidad de recursos de información,“es importante que los padres se permitan un espacio de reflexión acerca de quécrianza prefieren adoptar para su familia y, desde ese lugar, actuar efectivamente”, explica Covalschi y entiende que si no existe tal acuerdo, los retos, los castigos y las directivas a los niños suelen surgir de manera impulsiva y desde una emoción negativa como la bronca, la impotencia o el desgano.
Javier, el papá de Franco y Nicolás, recuerda que sus padres eran bastante estrictos con él y con sus hermanos. Con el paso del tiempo se moderó la relación y confiesa que logró, de adulto, acercarse a ellos sin reproches y “hacerse amigo especialmente de su papá”. En su casa considera que él es quien “pone los límites” porque su esposa es más “condescendiente” y “sobreprotectora”.
Los límites educan
Si bien en la actualidad se hace hincapié en respetar y escuchar las ideas de los niños, todos los especialistas en psicología y educación coinciden en que esa participación y cooperación no debe confundirse con la necesidad de aplicar límites.  Esos retos o regaños darán resultados positivos en la crianza de los hijos mientras no se apliquen de modo “autocrático” es decir que los niños solo aprendan a obedecer -o a rebelarse- y no haya lugar para sus deseos y reclamos.
Según Covalschi, la aplicación de límites es la manera en que los hijos interiorizan ciertas reglas que después se reflejarán en una vida responsable y adaptada a la sociedad, pero esos límites deben ser claros y empezar en el hogar. Si estos retos o advertencias generan culpa o malestar en los padres cabe preguntarse desde qué lugar están surgiendo, si provienen de cierta reflexión y contemplan la intención de corregir alguna actitud que afecta al niño o, por el contrario, no están amparados en ninguna clase de fundamento.
“Los límites claros, reproches y regaños racionales forman parte de la educación de los padres hacia los hijos. Puede mencionarse el cariño, la empatía y los espacios compartidos entre padres y sus chicos como un ámbito de contención que mejora la condición emocional de los niños y ayuda a su maduración progresiva y natural”, reflexiona Covalschi y admite que la falta de tiempo y la necesidad de trabajar lo máximo posible para suplir las condiciones materiales de la vida cotidiana hacen difícil sostener espacios de encuentros y de conexión entre padres e hijos. Sin embargo, es necesario resaltar que la búsqueda y la defensa de estos ámbitos enriquecen notablemente la relación y la salud mental de los niños.
Sustituir la televisión durante la cena o el almuerzo por una charla familiar, un paseo por la plaza, una salida al aire libre donde realizar actividades recreativas, culturales o algún deporte; o programar un fin de semana en un lugar donde compartir y vivir en familia, son ejemplos de pequeños hábitos saludables que enriquecen plenamente la relación entre padres e hijos y generan niños más sanos y libres.
En la adolescencia a veces la oportunidad es única; es importante realizar una autocrítica de cuántas veces se posterga una charla o no se le da el lugar que merece por “falta de tiempo”. Hay preguntas y situaciones que los hijos plantearan  y que lo harán por única vez.
El respeto a los padres
La licenciada en psicología María Casariego de Gainza miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) autora de “Adopción: La caída del prejuicio” entre otras publicaciones (licmariacasariego.blogspot.com) resalta que la autoridad no se obtiene por ser solamente los padres e imponerse desde la agresión porque la verdadera autoridad es consecuencia de un vínculo respetuoso.
“El respeto es una consecuencia de la coherencia, de la dedicación y del amor; esa es la mejor autoridad que podemos tener, la que surge de esa conjunción. Cuando un padre grita o tiene que poner castigos para que sean eficaces sus indicaciones es señal que algo falla. El refuerzo desde la  violencia como modo de obtener autoridad es señal de fracaso en nuestra función, habla de nuestra propia impotencia”, indica la licenciada Casariego.
Por lo tanto la profesional aconseja que es fundamental descartar el autoritarismo como modo de educación, porque el miedo no es un buen camino e inevitablemente llevará a la rebeldía desde distintas conductas del niño, que se acentuarán y agravarán cuando llegue a la adolescencia. “Criemos y eduquemos desde el amor no desde el terror. El miedo genera resentimiento y distancia emocional”, destaca la psicóloga.
Abrir el diálogo
Javier cuenta que muchas veces lo invade la culpa luego de retar a sus hijos: “No puedo estar mucho tiempo enojado con ellos. Entonces, voy a su habitación, entablo una conversación y arreglamos los tantos. Así, les pido que ese mal comportamiento no lo vuelvan a hacer, nos abrazamos, nos pedimos disculpas y listo”.
 Según la licenciada Casariego es necesario conversar con los hijos, acercarse,  averiguar cómo está su vida, sus relaciones sociales y sobre todo acompañarlos emocionalmente. Los hijos deben sentir que el mejor refugio son los padres, es la única manera que recurrana sus papás para consultarles sobre aquellos temas que son fundamentales que los hablen con los adultos (por ejemplo su sexualidad)
“Busquemos espacios de conversación y escuchar desde sus estilos, no impongamos los temas y ejerzamos una labor de  tolerancia frente a lo que no estamos de acuerdo. Las épocas han cambiado y se hace imprescindible abrir nuestras cabezas. Desde la crítica o la censura de ciertos temas lo único que lograremos es un ‘final de dialogo´ y que otras figuras reemplacen nuestro lugar”, advierte la psicóloga Casariego.
Asumamos que es posible mantener una autoridad sana, responsable y ofrezcámosles a nuestros hijos una dulce maternidad y paternidad fundada en previas reflexiones sin dejar de respetar, a su vez, la individualidad humana de nuestros hijos.

ASUMIR EL ROL DE PADRES
Javier explica que él y su esposa remarcan a sus hijos que ellos son sus padres y no sus amigos pero observa que muchos chicos llaman a sus padres por el nombre en vez de decirles papá o mamá: “Nosotros eso no lo permitimos. Para mi hijo soy papi, pa o papá”, determina Javier. 
En este sentido la licenciada Casariego advierte que actualmente los padres tienen dificultad en identificarse en su rol adulto y función paterna. La “revalorización de la  juventud” genera “confusiones” generacionales. Entonces, la asimetría es imprescindible. Para un adolescente es muy confuso que sus padres no tengan clara su función y su edad.
“Hay una ‘adolentización´ de la vida que borra diferencias en la relación padres- hijos, esto no ayuda a la ubicación del adolescente en el mundo. Este borramiento de la diferencia etaria impide los límites”, advierte la psicóloga.
Javier cuenta que su hijo menor solía llorar cuando recibía un “no” como respuesta. El psicólogo Covalschi explica que tanto una rabieta como una lastimadura en un niño, se curan con amor. Una madre o un padre, que contiene a su hijo en un momento de dolor, o en un arranque de enojo, evitará escenas de tragedia o de incontinencia emocional. “En general, el berrinche de un niño es un profundo llamado de atención, una necesidad de ser tenido en cuenta. ‘Toda demanda es demanda de amor´. En estas situaciones, los niños suelen ‘enseñar´ también a los padres a asumir el rol de cuidadores”, enfatiza el licenciado.